miércoles, 2 de julio de 2014

El amateruismo de Sampaoli en los tiros penales

Ya pasó la resaca de la derrota. Ahora toca hacer “balances”. Bielsa, elegantemente, y Bonvallet, histriónicamente, nos recuerdan que estas ocasiones, en el fútbol, hay que utilizarlas para aprender. Sin importar, con quien de esos dos usted se queda, el fondo o la pregunta, aunque tenga una halo de Cohelo, es la misma: ¿utilizamos o no la experiencia fallida para mejorar? Como el partido de Chile con Brasil del Mundial seguirá siendo transformado en una catarata de narraciones sobre la identidad chilena (¿habrá solo una?), quizás por cuánto tiempo más, este texto está solo dedicado a un aspecto futbolístico: lanzamientos penales.
Partamos por lo obvio, perder 3 penales de 5 es mucho. Esto, bajo cualquier “parámetro” (esta es una de las palabras preferidas de Sampaoli), es muy bajo, y que el equipo rival pierda 2, es también bastante, pero en comparación fue lo suficiente para que Brasil pasara. Sigamos por la otra parte obvia, tirar o recibir un penal no es fácil: entre otras cosas porque la técnica puede ser traicionada por la emoción, pero en cualquier competencia aquellos que marcan son bastante más aquellos que se los pierden. Pero a pesar de toda la amargura por este resultado, me hice varias preguntas sobre los penales chilenos. Las preguntas, basadas en mi experiencia como futbolista amateur, hincha, pero también como sociólogo, fueron las siguientes:
1.       ¿La designación de los tiradores en Chile fue espontánea? Lamentablemente la respuesta es al parecer sí. Lo anterior se deriva de una réplica que entrega Sampaoli, siendo fiel a su “filosofía” amateur, donde señala que le habría mirado los ojos a Aránguiz, Díaz y Jara, para determinar quiénes complementarían los únicos 2 fijos: Pinilla y Sánchez. No es difícil imaginarse entonces que no hubo práctica de penales en los entrenamientos del equipo de Chile, y por tanto ponía inmediatamente en desventaja a Chile, ante la eventual definición que sí ocurrió. Si lo anterior fue así, esto es simplemente inaceptable en un equipo de alta competencia.

2.       Lo anterior me llevó a hacerme otras dos preguntas, ¿qué “parámetros” utilizó para determinar a los fijos?, y ¿por qué no utilizó estos “parámetros”, para designar a los otros 3 elegidos? Obviamente no fue mirarle los ojos a Pinilla o a Sánchez.

3.       ¿Sampaoli estudió potenciales tiradores de penales del equipo brasileño? Es decir, sabía si por ejemplo, Neymar tira generalmente hacia la izquierda al medio o  a la derecha. ¿Estudió el cuerpo técnico si Júlio César, le “duelen” más lo penales abajo o arriba, a la izquierda, a la derecha, al medio? Sabemos que Bravo se tiró en todos los penales a su izquierda. Si esa fue la indicación en base a ¿qué “parámetro”?

Naturalmente las respuestas a las preguntas 2 y 3 las debe tener el equipo técnico.
Pero salgamos de la herida, y veamos que dicen estudios y las anécdotas sobre los lanzamientos penales. En un artículo publicado en The Economist aparecía una breve descripción sobre qué elementos incidirían en la efectividad de los tiros penales en los mundiales, nombraban por ejemplo alzar los brazos después de anotar, o que aquellos equipos que empiezan y/o que tienen un plan prefijado tienen mayores probabilidades de ganarlos. En un estudio realizado en 2002 por Chiappori et al se observó en las ligas francesa e italiana que los penales más efectivos eran ejecutados al medio del arco, y que aquellos que elegían el costado derecho eran menos efectivos. El mundo amateur también provee de pistas, por ejemplo uno de los axiomas de los pateadores es nunca cambiar el tiro cuando se va corriendo. Lo anterior es solo para ilustrar que hay elementos sobre los cuales si se pueden realizar mejoras considerables.
A Sampaoli, o cualquier DT de la selección chilena de futbol, no le pido que lea The Economist, ni menos que intente escribir ecuaciones para obtener estimaciones sobre la efectividad de los penales, pero si le pido, con la humilde impotencia del hincha, que se anticipe de manera profesional a escenarios probables. Específicamente a Sampaoli le pido, y esto como sociólogo, que en la Copa América contrate a unos estudiantes de ingeniería de la Chile o de la Federico Santa Maria, para que preparen un estudio sobre como las otras selecciones invitadas tirarían los penales, esto además de la obviedad de hacerlos practicar penales.

Estoy profundamente agradecido de la filosofía amateur que le impregnó Sampaoli al equipo chileno, pero cuando el espíritu amateur no alcanza, y esto hay que decirlo sin ningún sentimiento de culpa, el profesionalismo lo puede complementar.

viernes, 25 de octubre de 2013

Tres comentarios a "Ensayo sobre el tiempo y la realidad" de Oscar Landerretche



El ensayo clama por transformarse en libro, quizás en uno corto pero libro al fin. La virtud (y por tanto pecado del mismo) es que le quiere hablar a varias audiencias. Las audiencias pueden creer estar separadas entre sí, pero intuitivamente se sabe que las audiencias están siempre interconectadas. Estar entre varias audiencias significa eso sí ser cosmopolita, y como tal está el riesgo, dirán los provincianos, de no conocer nada. Pero la virtud termina imponiéndose, porque hay en éste un aura de que la propia preocupación práctica de conocer más allá de nuestros propios límites cognitivos tiene que primar (salud por ello).
Yo me haré cargo, desde una sociología también cosmopolita, es decir, como lector de una de las tantas audiencias a las cuales el ensayo les habla, de tres tensiones que cobran sentido—otras y otros podrán desde sus trayectorias científicas, poéticas o “mundanas” abrir otras entradas o salidas al texto, espero que otros también hablen. Estas tensiones, por cierto no tienen pretensión de validez hegemónica, es simplemente un reflejo de lo que yo pude ver, ni más … ni menos.

Como dice Calamaro, y también Cerati, ahí vamos:

1.      Gran teoría unificada: en búsqueda de la verdad-verdad
Marx, le escribe y le envía Das Kapital a Darwin—y da lo mismo que Darwin haya hecho caso omiso de la contribución de su magnus opus—porque entiende que su obra tiene un carácter científico, y cuando digo científico, asumo como tal ir más allá de la distinción entre ciencias sociales y ciencia naturales. Marx en varios pasajes de sus escritos iniciales no solo quiso ir mas allá de la contradicción trabajo y capital, en los niveles macro y micro, sino que veía también la posibilidad de tener una ciencia única, aquella que no reconocía limites o bordes entre el conocimiento, porque eso propendería a la humanización de los humanos, valga la tautología, y por tanto de su liberación. (Lo siguiente es grueso pero no por ello hay que descartarlo: la naturaleza, en Marx, es condición y efecto de cambio social.) En otras palabras está en Marx también incubado “El naturalismo de un humanista”, aquel que complementa a Smolin. Y ya no solo en que haya cambios en objetivos en los medios de producción (i.e. tecnología), sino que también en el rol que cumple la naturaleza (que es la primera crítica que hace en la Critica del Programa de Gotha, y con la cual acusa a la social democracia alemana de no ser científica) en el desarrollo. Marx entonces da pie para entrar a una segunda tensión, la cual esta, creo reflejada en la posición que ocupa Kuhn en el ensayo: cómo la acción de conocer tendría la capacidad de impactar al sujeto que investiga, pero también al sujeto que es investigado.

2.     Conocer-conocer es praxis
“Quizás, en algunos casos, lo que ocurre con algunas teorías científicas sociales y económicas es que al cambiar las leyes de las sociedades se generan esas “anomalías” como las llamaba él, esas observaciones discrepantes con la realidad que fuerzan al cambio de paradigma” dice Landerretche. Si entiendo bien, el cambio de leyes en las sociedades provoca que el observador científico (social) quede cachudo, porque lo que antes cobraba sentido, hoy no lo hace, pero no solo a él sino a toda su comunidad científica. Siendo generoso con Kuhn es posible tener en cuenta dos posibilidades: i) la realidad cambió y eso provocó un desafío en la forma de mirar o conocer, o ii) la forma de conocer cambió y eso permitió ver lo que antes no se podía ver. Pero en ambos casos, hay una independencia entre conocer y realidad. Hay otra posibilidad, y esta creo puede derivarse desde Marx (o Maturana)—vale la pena agregar que la debilidad de la siguiente tesis radica en que al parecer ésta sólo se podría aceptar como abstracción lógica—iii) que conocer-conocer no puede estar nunca disociado de la realidad. La diferencia es sutil. El sujeto cuando está conociendo está cambiando la realidad, porque el sujeto no está nunca fuera de la misma. En Marx esto se logra, sí y sólo sí,  colectivamente. Individualmente no se puede conocer la totalidad—que es la promesa que deviene en la propuesta de Smolin—ya que, similar a lo que sugiere Kuhn, se está prisionero de un paradigma, que intuitivamente se sabe es obsoleto. Pero el paso al segundo paradigma, es un paso que da toda la comunidad planeteria, no solo la comunidad científica, y lo hace a través del conocimiento-conocimiento y por tanto transformándose a sí misma. Eso creo es que lo que él nos advierte: que la dicotomía entre conocimiento y praxis es falsa. Parecería entonces que Jackson y su dilema (el dilema del tecnócrata religioso) y/o el dilema del barón Münchausen (aun cuando esta representación estaría más cerca de Marx  puesto que hay propuestas de arrojo heroico-románticas) son falsos, porque sus soluciones transitan entre las dos formas que se siguen desde Kuhn. Es decir las alternativas i) o ii) sólo pueden ser percibidos como cambios en el orden científico, mientras que la alternativa iii) es la que representa, y acá me tiro al precipicio, al proyecto europeo occidental. ¿Se puede derivar desde lo anterior un inmovilismo desde la tecnocracia porque hay una promesa implícita de que el sujeto colectivo necesariamente intervendrá? Y acá aparece la última tensión…

3.     ¿Intervenir o no intervenir?
Si vemos que la ciudad (a estas altura el planeta) se estaría cayendo a pedazos, estamos escuchando a los tres: Jackson, Münchausen y Marx, y por tanto, es del todo razonable intervenir. Sin embargo si uno sigue la crítica Popperiana a Marx, nos tenemos que llenar de dudas porque no conoceremos nunca las repercusiones de todas las acciones que tomaremos. El futuro es indeterminado, y se sobre-indetermina cuando intuitivamente sabemos que nuestra intervención tiene grados importantes de incerteza. La crítica de Popper fue válida y por cierto devastadora, porque en los 70 había mayor incertidumbre sobre el impacto que las acciones humanas tenían sobre el planeta. Popper de hecho se atrevió a sugerir que la ingeniería social puede transformarse en una utopía, puesto que hay casos en que se mueve bajo nociones de conocimiento donde la incertidumbre no tiene espacio o bien se asume una promesa de infalibilidad en la forma de conocer, pero también porque el destino es crystal clear. En otras palabras, hay un tipo de ingeniería social, o tecnocracia, que cree ciegamente en sus propias predicciones, ya que olvida que ésta solo ha podido nacer a partir de estructuras frágiles, puesto que el conocimiento por definición va cambiando. Pero además fuerza su conocimiento actual a estar completamente correlacionado con un conocimiento futuro, es decir, cierra las puertas a estar equivocado o simplemente a auto-evaluarse. Una consecuencia de ello es caer en las trampas de las profecías, lo que naturalmente termina por alejar el espíritu científico que reconoce como virtud la incertidumbre. Sin embargo, Popper también vislumbra una ingeniería social que puede intervenir, y lo hará en dosis. No revoluciona las sociedades, sino más bien interviene en instituciones o campos específicos. En este sentido recupera aquello propuesto por Adam Smith cuando reconoce en el estado un actor preponderante que puede dar los pasos necesarios para controlar el exceso del capital. Es la línea reformista. Esta solución sin embargo no es completamente fiel a la propia incertidumbre que Popper señala ser característica central de la formación de conocimiento, porque una acción más “medida” por definición también puede tener consecuencias perversas o no deseadas. Pero a estas alturas, la intervención tenga esta un apellido reformista o revolucionaria, tiene toda la cara de ser un imperativo.  Creo que hasta Popper se subiría al globo del Barón.

domingo, 13 de octubre de 2013

Pre-Capitalist Property and Production (Very brief comments by Ignacio Nazif)


Broadly speaking Marx, in his “Pre-Capitalist Property and Production”, is trying to do two things:

1. In the first part 261-266, he is interested in establishing what the relationship between labour and capital is. He suggests that, following some of the theoretical principles discussed in the German Ideology, this contradiction necessarily derives from historical processes. That is there is nothing spontaneous about this particular relationship. The main result is: the dissolution of worker as a proprietor, and this dissolution is threefold:
  • He is no longer “owner” of land, whereby he can produce his own means of subsistence.
  • He is no longer part of a more intimate community (i.e. guild). So social relations have transformed. The worker is socially detached and became isolated.
  • His production was tied to particular type of economic relations (i.e. slavery or feudalism), and there his capacity to work was owned by the Masters or the Lords. (In none of these relationships the worker can be seen as worker because what he produces is wholly taken.)
In the second part 267-278, he aims at recognizing that this dissolution whereby one can observe the emergence of free labour in contradiction to capital, capital has particular characteristics:
  • This contradiction (labour and capital) ultimately denotes the transcendence of old mode of production (Slavery and feudalism).
  • Capital derives from money, but also from circulation (this is important because it will tell us more about how capital societies operate and produce opulence… a point that is not fully explored by Smith). More specifically, wealth (land and the production of manufactures) in conjunction with money help to produce capital.
  • Within this contradiction Marx argues that Capital allows for the emergence of exchange-value, rather than use-value exclusively, and this expansion ultimately will create the condition for capital to reproduce itself via speculation (and greed). It is important in that regard to recognize that land, products which have use-value, and workers have lost predominance in the formation of the capital system, even though only with them the capital system can exist. The lack of predominance is ultimately the separation (or dissolution) of the workers from land and soil and from property in the conditions of production.

jueves, 8 de agosto de 2013

¿Por qué la elite “igualitaria” no manda a sus hijos a colegios públicos?



Me sumo al coro de los “resentidos” o en su nueva versión “la horda de la correctitud política”. Construyo mi posición a partir de algunos postulados que GA Cohen sostuvo en su debate con Rawls y Dworkin. Su argumento es sencillo (y por eso a mi juicio más poderoso) pues revela por qué no se puede moralmente sostener la inconsistencia de ser igualitario y ser rico, o en el caso de la elite de la concertación, porque se es inconsistente cuando se quiere cambiar la educación pero se envía a los hijos a colegios privilegiados, la respuesta es: porque se puede ser también más justo en el ámbito personal de la vida.
Los argumentos entregados por la elite igualitaria, o la elite políticamente incorrecta son al menos cuatro—en  psicología serían mecanismos para superar disonancia cognitiva: i) porque la acción individual no hace la diferencia; ii) porque la calidad de la educación pública es mala; iii) porque los hijos no son objetos estéticos, es decir, porque tienen derecho a vida propia; y iv) porque no hay confundir los quehaceres privados con los públicos. Mi reflexión por tanto es para ellos para la elite que superó la disonancia cognitiva. Mi objetivo es que se incomoden un poco, al menos un poco.

i)                    La acción individual no hace la diferencia. Es cierto, al menos superficialmente que la elite de izquierda envíe a sus hijos a colegios públicos no va mejorar los promedios nacionales SIMCE, PSU, o PISA, por tanto en una mirada aritmética quedamos igual, porque al final estamos hablado de solo (supuestamente) 100 niños. Sin embargo, si estos padres se integran a la “comunidad” educativa de colegios públicos, yo me imagino se podría apreciar alguna diferencia en el mediano plazo sobre cómo estos colegios públicos educan a sus hijos. Un resultado esperable por ejemplo seria que estos colegios tendrían seguramente más y mejores libros. La acción individual sí haría diferencia en un contexto un poco más sencillo, porque estos padres se preocuparían, me imagino, que en esos colegios hubiera mejores libros. El contrargumento a esta posibilidad es que los libros, o acciones similares, pueden llegar igual a través de un alza de impuestos, pero esta posición ya deja de ser que la acción individual sea impotente, en otras palabras habría posiciones individuales más efectivas que otras (me refiero a esta posición en el punto 4). Quizás el problema no sea que la acción individual no haga la diferencia para arriba, donde todos los promedios pueden subir, sino que dicha acción individual, la de los padres que deciden enviar a sus hijos a colegios públicos puede eventualmente hacer diferencias para abajo, pero solo para los 100 niños. En consecuencia una decisión de esta naturaleza pondría en muy alto riesgo los muy probables resultados exitosos de los 100 hijos al momento de ser examinados, y ellos, como la gran mayoría de los padres, no están por correr esos riesgos. Cabe agregar eso sí que en este contexto el probable “éxito” de los 100 niños por definición no puede ser en ningún caso individual, sino que es el producto de acumulación de recursos que se alojan en las redes que circunscriben a estos 100 niños. Lo anterior nos sugiere que estos padres no están por la competencia o la “meritocracia”, o al menos admiten que la meritocracia está muy distante de ser una realidad, ya que nadie efectivamente parte desde el mismo punto, pero sí hay que elegir donde ubicar a los hijos que estos partan de posiciones más aventajadas. Esto nos lleva al segundo argumento.

ii)                  Porque la calidad es mala. Esto claro que importa, porque es muy difícil convencer a una madre o padre de que envíe un hijo a un lugar donde no va a aprender, o no va aprender a desempeñarse (intelectual y/o afectivamente) en los ámbitos para los cuales el colegio prepara.  (No me voy a meter a razonar sobre finalmente qué es lo que se espera que un estudiante debería aprender, porque eso complejiza aún más este delicado tema, y me terminaría desviando del foco del debate, el cual en cualquier caso sí creo es mucho más relevante). Sin embargo cabe legítimamente preguntarse como se explica por ejemplo que dos miembros de dicha elite, provenientes del sistema de colegios públicos, lograran llegar a California y a Cambridge. O son efectivamente muy talentosos, y la ideología de la mentada meritocracia funciona, y/ o el sistema educacional no es tan malo. Pero con esto quiero ejemplificar que la mentada calidad no es decisiva o determinante, y por tanto dicho argumento puede descartarse dentro de la batería de recursos ofrecidos para justificar la incongruencia de la elite de izquierda. Similar al punto anterior, evitar que los 100 niños sean matriculados en colegios públicos es porque los padres quieren evitar que sus hijos estén en riesgo “educacional”. Si el niño va al Grange, creen los padres, el riesgo es significativamente menor de que éste fracase educacional y estéticamente. Ese es el punto. Entonces la pregunta que estos padres creen resolver es: ¿debe un padre o una madre someter a su hijo a un excesivo riesgo educacional? Evidentemente que no. Pero el problema con esta pregunta es que se refugia en la supuesta legitimidad del ámbito individual de la acción de los padres, ahí donde el Estado supuestamente no ha podido entrar, o mejor dicho de donde lo sacaron. Dichas personas finalmente señalan que sus hijos no puede ser sometidos a las irregularidades del sistema educacional público, pero ya no porque la educación pública per se sea mala, sino porque el Estado en estas circunstancias los obliga a enarbolar el derecho a elegir una “educación” mejor invocando la posición de privilegio que los padres tienen sobre la educación de sus hijos. Siendo justo con esa posición de ello no se deriva que dichos padres no puedan participar en mejorar la educación pública, y por ello su altruismo los lleva a ser parte del comando de una candidata, o bien dirigir instituciones sin fines de lucro que promuevan la igualdad de educación. En otras palabras estos padres serían solidarios con aquellos padres que no pueden consagrar el derecho a elegir una educación mejor. Pero, como se verá en el punto 4, esta justificación quiebra la legitimidad de la igualdad en dos: puesto que asume que la igualdad es solo virtuosa en lo público, y no en lo privado.

iii)                Porque los hijos no son objetos estéticos ya que tienen derecho a vida propia. Este argumento es interesante porque sugiere implícitamente que un hijo se juega la materialización de la vida propia, al parecer, ante la disyuntiva de que asista a un colegio público o a uno privado. En otras palabras el niño o la niña aprende el currículo ideal, y puede desempeñarse más que satisfactoriamente en los exámenes correspondientes facilitándole la vida. Sin embargo, este argumento presenta tres límites serios. Primero, que le vaya bien en los tests no significa que le vaya a ir bien, en la universidad o en el ámbito laboral, o que le vaya bien en la universidad no significa que la vaya a ir bien en el trabajo (no era ese el punto de Dante Contreras, y el impacto de los apellidos a pesar de las notas obtenidas en la universidad). La “vida propia” siempre está en riesgo, sin embargo para unos casos, digo para la inmensa mayoría, mucho más que para otros, eso es lo dramático. Segundo, endosarle el éxito de la niña al colegio, esto es que su estadía en el Grange le permita tener “derecho a vida propia”, es simplificar en exceso esta materia, porque por ejemplo la diferencia del niño del Grange contra el niño del Z-1, no está “controlando” por el número de libros que hay en cada casa. En la casa del niño del Grange uno probablemente va a encontrar a Shakespeare y Lemebel, (ok Huidobro), y al menos 500 libros más, mientras que en la otra casa con suerte un Icarito empastado. Las consecuencias de esta desigualdad generalmente se aprecia precisamente en los resultados de los exámenes, pero también cuando hay que reconocerse como similar o diferente, ahí cuando hay que establecer confianzas, para hacer proyectos “colectivos”. La tercera debilidad argumentativa que presenta esta posición es que una vez terminada la educación de la hija (con doctorado incluido), ya en su adultez ella se verá enfrentado a la misma disyuntiva ¿colegio público o privado para la hija (la nieta)?, y si el padre ya le enseñó que elegir por el colegio público no es lo adecuado porque esa opción finalmente atentaba contra su propio desarrollo, pregunto si afán retórico acaso ¿la hija no repetirá el mantra?

iv)                Porque no hay que confundir los quehaceres privados con los públicos. Esta justificación tiene evidentemente un aire Rawlsiano, y es por ahí donde GA Cohen entrega una valiosa crítica a dicha posición. El argumento que le permite sostener a la elite que su práctica no es inconsistente es más o menos así: primero es necesario distinguir entre institución pública y acciones privadas, y solo las primeras son objeto de llevar a cabo regulaciones o intervenciones que permitan promover la igualdad (de la educación), y por tanto acciones que pueden ser tildadas de justas. Una vez que se distingue entre una institución pública es posible además apreciar que las horas hombres que la elite de izquierda pone generosamente a disposición de un comando de candidata presidencial, se está en el camino de lograr la mentada igualdad en educación a nivel macro, y por tanto las rocas que muestran los “resentidos” desaparecen porque basta con ser virtuoso en el ámbito público. Pero esta solución tiene una trampa peligrosa, o sino pregúntenle a las feministas. Al hacer la distinción analítica entre privado y público, se puede por ejemplo apoyar una candidata que va a propiciar cambios legislativos que disminuyan las diferencias de salarios entre hombres y mujeres, pero en la casa el hombre por diversos motivos, porque gana más plata, porque es sutilmente violento o porque aduce falta de habilidades, puede decidir dedicar menos horas de trabajo a la casa, en comparación a la mujer con la cual convive. Esta distinción entre público y privado nos lleva a aceptar esta situación como justa, pero es justo que las mujeres dediquen más horas que los hombres en los quehaceres de las casas (puede ser que este ejemplo no resulte porque en Chile hay “asesoras del hogar”, pero controlando por asesoras del hogar, ¿los hombres dedican más horas que las mujeres a la casa?). Entonces como dicen las feministas lo personal es efectivamente político, porque en la esfera privada también se juega la sociedad. Ahí donde el Estado no llega, de donde lo sacaron, es donde se hace imperativo que las personas no se resten, especialmente si son partidarias de la igualdad. Pero cómo se relaciona este ejemplo con la decisión de la elite de enviar sus hijos a un colegio privado. Grafiquemos con lo siguiente, si la mensualidad del Grange es de 300.000 pesos chilenos, el razonamiento de la persona de la elite de la concertación indica que estos 300.000 pesos valen más cuando son invertidos en dicho colegio porque todos los otros padres ponen lo mismo, y se puede comprar y mantener todo lo necesario, para garantizar una educación de calidad (entonces además parece que Marx tenía razón cuando señalaba que el capital supeditaba las decisiones de las personas). Ahí se ven beneficiado no solo un hijo, sino que todos los otros que asisten a dicho establecimiento. Mientras que por el otro lado, pero siempre en el área de decisión privada, si un padre de la elite decide contribuir esa misma cantidad de dinero a una escuela fiscal, el dinero en principio se diluye, porque no será invertido apropiadamente, sugerirían varios expertos. Efectivamente es posible que el dinero se diluya en primera instancia, pero qué pasa si mantiene esa cantidad de dinero por los años que dura la educación del niño, mientras se hacen las reformas, mientras se ejecutan los recursos. En primer lugar esa persona no está contribuyendo directamente a la reproducción de la desigualdad escolar por “invertir” en una escuela protegida, segundo, existe la posibilidad de que esa persona se convierta en un pionero y atraiga a más “inversores”, y con ello esa escuela comienza a ganar más terreno, puesto que mejoraría por ejemplo en ampliar su biblioteca, así mientras el Estado se demora en llegar, el dinero invertido no necesariamente pierde valor, es cierto no se multiplica, pero si en primera instancia se ha revertido el orden, el dinero se ha supeditado a las educación, pero es todavía más importante ese es paso el que se tiene que dar sobre todo si es que efectivamente esa persona se reconoce como líder y se quiere cambiar la inequidad del sistema educacional.

domingo, 1 de julio de 2012

Cortito 7 "Fluidity in Chile and USA (when measurement (and time) matters)"

I will begin from the end to end with the beginning.
Torche’s article is rather impressive and furthermore it will become a classical work in Chilean sociology giving that this is the first mobility study regarding Chile published in a journal of high impact. Was it both apish and risky, however, to acknowledge that Chile—even though its level of inequality is rather high—is more fluid than USA and, of course, “more fluid than any of the advanced countries” (Torche, 2005:441), without making any reference to a potential case of structural mobility but also because fluidity depends on both conventions and time?[1] Certainly my question has a rhetoric tone; however, this question raises the issue of whether metrics can, after all, be a representation of reality or normative ideas.
One of the onymous reviewers of Torche’s article was Richard Breen (Torche, 2005:421). Both scholars were already aware of the very weak relationship which can be established between inequality and fluidity. Torche states the foregoing in p. 426, and Breen (and Luijkx) in the following quote informs us that  
“Our model posits that, given the level of income inequality in each country in the 1970s, changes within a country in β follow the same trend as the Gini index. Thus we test for a common effect on b, in all countries, of income inequality: or, in other words, a common slope coefficient (…) In the second model we include income inequality, as measured by the Gini index. Not only is there no significant relationship between fluidity and the Gini index, its coefficient has the wrong sign.” (Breen and Luijkx, 2004:396, my emphasis)
If the relationship was acknowledged to be problematic by Torche, or in more polite terms inconclusive (p.426), why insist in this matter? Or in other words, why to build a work based on a hypothesis that does not have strong empirical support? What is the (theoretical or methodological) value of presenting Chile as a counter case of the indirect relationship of these two variables? In order to falsify any direction of this hypothesis it seems that not only several decades of research are required (as Breen’s book suggests) since a research program of this sort entails the collection of several generational trends that cross sectional cohort analyzes cannot assess—or at least they should have enough large Ns to be representative of each generation, as Blau and Duncan’s work suggested (1967). More particularly, under what criteria was appropriated to assess fluidity in contrast to inequality in Chile from a cross-sectional survey whose N reported was 3,002 (p.432), however the N of each cohort (1964-1973; 1974-1988; 1989-2000) (p.441-442) was not reported. This latter criticism can be unfair because I am using a methodological argument—similarly as Hauser and Logan’s (1992) cross-validation argument to disprove Rytina’s SSCI—to disregard Torche’s findings rather than study her main argument i.e. Chile is an adjudicative case since its level of inequality is one of the highest in the world, yet its fluidity surpasses USA and several other industrialized countries. In sum this observation attacks the inappropriate use of inequality as a variable which can be associated to fluidity.
However behind this observation another element can be discussed i.e. Chile’s fluidity. I am inclined to think that Chile’s high fluidity is capitalizing from its pattern of late urbanization (if compared to urbanization processes which some industrialized countries went through). For instance as we can observe in table 1, there has been an indeed dramatic increase of urbanization in Chile for the 1950-2000 period, and the latter can be associated to the “reverse” spillover of the 444 cases of class VIIb (Farmer workers) and the 316 cases of class IVc (Farmers) (p.433).
Table 1 Chile´s percentage of urbanization (1950-2000)
Year
1950
1960
1970
1980
1990
2000
Percentage of urbanization
58,4
67,8
75,2
81,2
83,3
84,7
 Source: Alfredo Lattes, Urbanizacón, Crecimiento Urbano y Migraciones en América Latina UN-ECLAC (2000)
The massive dropping of both classes from 15% to 8% in class VIIb, and from 11% to 4% in class IVc denote a very fluid country. But interpretation of fluidity, if one accepts the class typology proposed by Erikson and Goldthorpe, must be then done cautiously. More precisely movements from origin to destination might not at all occur due to competition between individuals which fight for scarce resources since what we observe is the expansion of the service sector and rural-urban immigration.
While it is indeed attractive, and actually promising, to think of different directions between these two variables as it is suggested in figure 1 (complementing in fact Friedman’s theory (1962)), pursuing with this enterprise can be nonetheless misleading or at best really expensive. Specifically, to obtain values for the fluidity variable requires the introduction of several ad-hoc effects to standardize the metric for very low Ns (i.e. countries),[2] and therefore it stretches several assumptions which need to account for internal differences. Furthermore, if one variable of a “simple” bivariate analysis presents problems of operationalization, it would be then even more difficult to convey one of the four suggested functions (figure 1).
A last point regarding Torche’s analysis is the metric of distance among classes based on the implicit hierarchical and therefore normative definition of class structure proposed by Erikson and Goldthorpe. While Erikson and Goldthorpe acknowledge that countries have their own economic dynamics, which can be captured by adding the four effects—elements which are very well developed by Torche—the distance ultimately depends on who or better what occupation occupies what class. The problem with this strategy however, as we will see with Rytina’s SSCI, is that these distances are arbitrary because certain consensus, in this case mostly European,  capture a pre-determined social order. Two examples can illustrate the latter, a university professor in Chile compared to a university professor in England, is less likely to have, ceteris paribus, higher income, or an itinerary seller, that is an individual who sell products in the street particularly to car drivers or passengers when the traffic light is red, populates the membership of self-employed category and this occupation is likely to be inexistent in England.
Figure 1 Four theoretical macro-relations between ‘Inequality’ and ‘Fluidity’





Rytina’s proposal deals with certain scale conventions in occupational mobility which can be regarded as problematic. While of high practical value, these metrics can ultimately be misleading since they only capture a lower part of how occupation mobility is distributed but also this distribution is likely masking the inertia of the occupations and favoring findings of achievement. Both SEI and prestige scales are constructs which have been widely used, however, part of their operationalization in trying to capture normative orders (what is conceived to be high or low in terms of honor) and these cannot be regarded as universal (or at least require a big deal of contextualization). More specifically the imposition of arbitrary scores to nominal categories of occupations by introducing two pieces of information such as income and years of education or by assigning subjective scales ultimately implies that what is being captured as mobile or rigid are only scores which represent constructions, rather than a difference between destination and origin based on more pure information i.e. the occupation. According to Rytina the key is to identify the metric which grasps the distance between one value and another (one occupation versus another) in order to regard these several movements as far or close. This metric is critical because it ultimately reflects mobility or rigidity. The question then is what type of values (scores) should be considered in order to assess differences between two occupations while simultaneously avoid the imposition of arbitrary scores? In order to build an algorithm which can distribute values according to the distance between origin and destination Rytina acknowledges that a similar attempt, based on the technique of canonical scale has been done by several authors, however one potential drawback is that the “scale scores of father’s DOCs and offspring’s DOCs need not be equal for asymmetric tables”. The algorithm proposed by Rytina solves the challenge of finding both a vector  “such the correlation r of father with offspring is a maximum” (1992a:1686) and “” (ibid). The values obtained from this formalization are the Symmetric Scaling of Intergenerational continuity (SSIC) scores.
Rytina tests three (actually five) scales that compete for the understanding of occupational mobility: prestige, SEI and SSIC and through several correlations (1992a:1669, see table 1) we can observe that these scales measure very similar patterns. However, the advantage of the SSCI over the SEI scale is that the latter corrects SEI scores by “repositioning occupations to a closer correspondence with the details of ascent and descent” (1992a:1671). In other words SEI scale is less faithful to grasp the feature of occupational mobility, and therefore conclusions from its application can be misleading. In order to test this last statement Rytina reassesses the status transmission process (father’s occupation (a), father’s occupation on education (b), and education (c)) by using five scales. It can be seen that the direct effect of father’s rank on offspring rank is larger than it was commonly accepted (1992a:1674). Or in other words education is not “the predominant generative source fir the intergenerational stability of occupational rank”. The implications of this finding can be for many uncomfortable because there is a possibility that achievement is a product of more complex processes than individual performance, but also because it entails to change a specific habitus of scaling occupations. Nevertheless, we can see from Hout and DiPrete that “education is [still regarded as] the main factor in the intergenerational reproduction of social standing because the product ac is greater than the direct effect of origins (b)” (Hout and DiPrete, 2005:6).[3]That statement is unfortunate because regardless of how strongly in empirical, methodological and theoretical terms education was proven to be imprecise.
Naturally SSCI should be tested in order to assess its generalizability. Rytina actually observes that one potential source of falsification is the application of this scale to other samples (1992a:1676) and that is actually the route taken by Hauser and Logan (1992). While Rytina observes that one of the main criticism from these authors is the lack of cross-sample validity (1992b:1729), I think another more subtle criticism which these two author also raised is how time is ultimately not captured in SSCI. That is why they use two different times of measurement: 1972-86 and 1987-90 (p.1695 and 1699-1700).
What I mean by time in this case is the theoretical assumption that mobility or fluidity can change in two or more different points of time and that is how we can eventually observe that one the four functions, between fluidity and equality can be conceived. This strategy would allow us to understand whether mobility has increased, remained constant or decreased. Rytina, I think is more explicit about this challenge in 2000, and definitely tackles the issue in 2008.  One elements that Rytina highlights as imprecise in Hauser and Logan’s application and interpretation of SSIC’s scores is that values from one period of time cannot automatically be taken, or imposed to another period of time i.e. an older survey (1992b:1739-1741). In other words SSIC by definition cannot be taken as permanent. What the researcher should ultimately assess is the method of scaling, and therefore avoiding the reification of scales, because there are local elements which also constrain the process of stratification (Rytina, 2008). The risk of taking this approach however is high because a fixed variable seems to protect the illusion of parsimony and by introducing new information to the network of (social stratification) scholars reaction is likely to be of resistance. Lastly, Rytina in 2000 develops the SSIC further and findings are less promising for those who have education to be more decisive than father’s occupation. Furthermore, this methodology also captures massive changes in occupational stratification from 1987 and onwards. The implication of this last finding seems obvious, but it is less precise if the SEI were taken as the proper scale because its values are fixed, or do not depend on distances which change in reference to specific contexts. The development of this study actually is a more solid answer to the core criticism presented by Hauser and Logan because data is taken from different time periods (1972 to 1990)[4] (2000:1236). Perhaps now is time to bring some form of SSIC to another country, I guess Chile can be a good option.




References
Breen, R. and R. Luijkx. 2004. “Conclusions.” Chapter 15 in Social Mobility in Europe, edited by Richard Breen. Oxford, UK: Oxford University Press.

Friedman, M. 1962. Capitalism and Freedom. Chicago: University of Chicago Press
Hauser, R M. and J. A. Logan. 1992. “How Not to Measure IntergenerationalOccupational Persistence.” American Journal of Sociology 97(6):1689-711.

Hout, T. A. DiPrete. 2006. What we have learned: RC28’s contributions to knowledge about social stratification? Research in Social Stratification and Mobility 24, 1–20.

Lattes A. 2000. Urbanización, Crecimiento Urbano y Migraciones en América Latina [Urbanization, Urban Development and Migration]UN-ECLAC.

Rytina S. 2000. Sticky Struggles. http://www.mcgill.ca/stickystruggles/ . 2008.

________, 2000. Is Occupational Mobility Declining in the U.S.? Social Forces, Jun., vol. 78, no. 4, p. 1227-1276.

________, 1992a.Scaling the Intergenerational Continuity of Occupation: Is Occupational Inheritance Ascriptive After All?” American Journal of Sociology, v97 n6.

________, 1992b. Response to Hauser and Logan and Grusky and Van Rompaey. American Journal of Sociology 97:1729-48.

Torche, F. 2005. Unequal but Fluid: Social Mobility in Chile in Comparative Perspective. American Sociological Review, Jun., vol. 70, no. 3, p. 422-450.


[1] Author’s emphasis.
[2] This indeed could be corrected by introducing years per country, however, as Sorokin’s analysis implicitly suggests capturing this type of variability can take up decades.
[3] I am deliberately using this quote because Hout and DiPrete suggest this finding to be one of the 19 empirical generalizations which about 40 researches arrived to after 55 years of social stratification research.(Hout and
[4] 1979 and 1981 were the only two years where surveys were not carried out (2000:1236).